LA POSESIVIDAD vs. EL COMPARTIR

LA POSESIVIDAD VS. EL COMPARTIR El ritual de las despedidas de solteros da cuenta de cómo la idea del matrimonio asusta a muchos por unos mitos tácitos que circulan en la sociedad occidental, donde una vez que te casas quedas ?amarrado? a tu pareja y pierdes tus libertades. La creencia de la pérdida de las libertades hace que muchas parejas actúen en base a estas ideas desde la exigencia de cumplir con ese ?voto? o desde la rebeldía en actos libertinos que pretenden dar cuenta de que su vida no está bajo el control de nadie, y en el medio de estas polaridades un sinnúmero de posibilidades de actuar que atentan contra la relación si estos conceptos no los tenemos claros en nuestra pareja. ¿Eres mí@? ¿Soy tuy@? El romance y los amores pasionales siempre tienen una carga importante de sentido de posesión. Los mejores poemas y las canciones más románticas hablan de la promesa de ser, por siempre, el uno para el otro. En el idilio de amor uno se fusiona con el otro, parece que somos uno por un rato mientras estamos embelesados en ese encuentro de miradas, de besos y caricias donde las horas no pasan. Mítico y misterioso, así es el amor romántico. El encuentro erótico más intenso también da cuenta del deseo de devorarnos el uno al otro, parece que los sentidos no nos alcanzan para consumar la fusión de los dos cuerpos cuando están en su pleno desenfreno. Lo más rico y lo más sublime pasa a puerta cerrada. Pero a la hora de la verdad, ni soy tuy@ ni eres mí@, ese momento de fusión existe gracias a que es un momento, que comienza y termina con la relajación, con la separación y la autonomía de los cuerpos, mentes y espíritus. Es gracias a que somos dos que podemos sentir la magia del uno por un rato? y agradecer la dicha de poder experimentarlo. ¿Y si nos poseemos? El inconveniente de insistir en la posesión, que se sostiene en la pasión y el amor romántico desenfrenado, es que nos perdemos a nosotros mismos sin saberlo en ese proceso. Somos tan del otro que dejamos de ser de nosotros mismos. Nos perdemos en un camino que siempre será más propio que compartido. Nos enfrentamos a esa realidad cuando surgen las diferencias, los desacuerdos, los desencuentros. Y si no estamos preparados para ser dos ¡explotamos! Unos explotan de ira, otros de miedo y otros de dolor. La promesa paradisíaca cae por su propio peso ante una verdad, y es que en realidad siempre fuimos dos. La posesión lleva consigo la idea del control, la puesta de límites tácitos o comunicados, donde las prohibiciones son parte de la relación, la coacción, la manipulación, la amenaza o el reto. El control del otro sólo llevará a asfixiarlo y hacerlo desaparecer, porque huya o porque se desdibuje de tanto complacernos. Ya dejará incluso de gustarnos si no tiene criterio propio ni espacio para crecer fuera de nosotros mismos. ¿Y si compartimos mejor? El asumir una relación donde el amor pasa a tener otros componentes adicionales a la pasión y el romance, como son el compromiso, el compañerismo y la buena comunicación, permite desarrollar un amor maduro, más duradero, menos polarizado entre la alegría y el malestar. Nos conocemos, nos respetamos, nos asumimos en nuestras semejanzas, pero sobretodo somos capaces de ver nuestras diferencias y aceptarlas. Aceptar al compañero significa poder asumir que la persona que tenemos al lado se alinea con nosotros en nuestros valores más trascendentales y que aquellos aspectos en los que no somos semejantes no atentan contra nuestra dignidad y nuestra integridad como sujetos. Asumir un amor maduro significa ir renovando los votos matrimoniales a lo largo del camino, poder repreguntarnos en las distintas etapas si nos amamos igual o mejor que antes, si el otro sigue siendo un buen compañero de camino y vale la pena sortear los obstáculos y las dificultades que inevitablemente se irán presentando. Compartir significa poder confiar, reconocer la libertad del otro de ser distinto, respetarlo, estar presente para sus momentos de aprendizaje, darle su tiempo y espacio, dejar que fluya el aire y la vida entre ambos para que el reencuentro siempre sea elegido, desde la convicción y el deseo, y no desde el control. Dra. Yone Alvarez Boccardo Psicoanalista - Coach Personal y de Parejas www.cimabienestarpsicologico.com +34600067156 LA POSESIVIDAD VS. EL COMPARTIR El ritual de las despedidas de solteros da cuenta de cómo la idea del matrimonio asusta a muchos por unos mitos tácitos que circulan en la sociedad occidental, donde una vez que te casas quedas ?amarrado? a tu pareja y pierdes tus libertades. La creencia de la pérdida de las libertades hace que muchas parejas actúen en base a estas ideas desde la exigencia de cumplir con ese ?voto? o desde la rebeldía en actos libertinos que pretenden dar cuenta de que su vida no está bajo el control de nadie, y en el medio de estas polaridades un sinnúmero de posibilidades de actuar que atentan contra la relación si estos conceptos no los tenemos claros en nuestra pareja. ¿Eres mí@? ¿Soy tuy@? El romance y los amores pasionales siempre tienen una carga importante de sentido de posesión. Los mejores poemas y las canciones más románticas hablan de la promesa de ser, por siempre, el uno para el otro. En el idilio de amor uno se fusiona con el otro, parece que somos uno por un rato mientras estamos embelesados en ese encuentro de miradas, de besos y caricias donde las horas no pasan. Mítico y misterioso, así es el amor romántico. El encuentro erótico más intenso también da cuenta del deseo de devorarnos el uno al otro, parece que los sentidos no nos alcanzan para consumar la fusión de los dos cuerpos cuando están en su pleno desenfreno. Lo más rico y lo más sublime pasa a puerta cerrada. Pero a la hora de la verdad, ni soy tuy@ ni eres mí@, ese momento de fusión existe gracias a que es un momento, que comienza y termina con la relajación, con la separación y la autonomía de los cuerpos, mentes y espíritus. Es gracias a que somos dos que podemos sentir la magia del uno por un rato? y agradecer la dicha de poder experimentarlo. ¿Y si nos poseemos? El inconveniente de insistir en la posesión, que se sostiene en la pasión y el amor romántico desenfrenado, es que nos perdemos a nosotros mismos sin saberlo en ese proceso. Somos tan del otro que dejamos de ser de nosotros mismos. Nos perdemos en un camino que siempre será más propio que compartido. Nos enfrentamos a esa realidad cuando surgen las diferencias, los desacuerdos, los desencuentros. Y si no estamos preparados para ser dos ¡explotamos! Unos explotan de ira, otros de miedo y otros de dolor. La promesa paradisíaca cae por su propio peso ante una verdad, y es que en realidad siempre fuimos dos. La posesión lleva consigo la idea del control, la puesta de límites tácitos o comunicados, donde las prohibiciones son parte de la relación, la coacción, la manipulación, la amenaza o el reto. El control del otro sólo llevará a asfixiarlo y hacerlo desaparecer, porque huya o porque se desdibuje de tanto complacernos. Ya dejará incluso de gustarnos si no tiene criterio propio ni espacio para crecer fuera de nosotros mismos. ¿Y si compartimos mejor? El asumir una relación donde el amor pasa a tener otros componentes adicionales a la pasión y el romance, como son el compromiso, el compañerismo y la buena comunicación, permite desarrollar un amor maduro, más duradero, menos polarizado entre la alegría y el malestar. Nos conocemos, nos respetamos, nos asumimos en nuestras semejanzas, pero sobretodo somos capaces de ver nuestras diferencias y aceptarlas. Aceptar al compañero significa poder asumir que la persona que tenemos al lado se alinea con nosotros en nuestros valores más trascendentales y que aquellos aspectos en los que no somos semejantes no atentan contra nuestra dignidad y nuestra integridad como sujetos. Asumir un amor maduro significa ir renovando los votos matrimoniales a lo largo del camino, poder repreguntarnos en las distintas etapas si nos amamos igual o mejor que antes, si el otro sigue siendo un buen compañero de camino y vale la pena sortear los obstáculos y las dificultades que inevitablemente se irán presentando. Compartir significa poder confiar, reconocer la libertad del otro de ser distinto, respetarlo, estar presente para sus momentos de aprendizaje, darle su tiempo y espacio, dejar que fluya el aire y la vida entre ambos para que el reencuentro siempre sea elegido, desde la convicción y el deseo, y no desde el control. Dra. Yone Alvarez Boccardo Psicoanalista - Coach Personal y de Parejas www.cimabienestarpsicologico.com +34600067156


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