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Tal como menciona la psicoanalista Mariela Michelena en su libro “Un año para toda la vida” (2002), el embarazo por muy deseado que sea, es siempre una sorpresa y un desastre hormonal, psíquico y social. 

Muchas mujeres dicen saber desde el primer día que están embarazadas, pero lo callan hasta tener las pruebas que lo demuestren, y una vez obtenidas esas pruebas, algunas parejas lo mantienen en secreto hasta pasados los tres primeros meses, por el temor a los riesgos de tener abortos naturales. Otras guardan el secreto, sólo hasta que el médico les asegure con el primer eco que es cierto, que “estamos embarazados”. 

Ese día es el mejor de los tres primeros turbulentos meses, ese día sólo existe una sensación de plenitud, aún mayor al día en que sentimos que conocemos al hombre de nuestras vidas, al día en que nos graduamos, al día en que nos comprometemos, al día en que nos casamos, días favoritos de nuestras ensoñaciones de pequeñas. Sin embargo, luego de esa sensación de magnificencia, los cambios físicos y psíquicos que se dan en la preparación para ser mamá, obligan a admitir al bebé como un cuerpo extraño en nuestro organismo, de manera que, dentro de una misma persona, en donde las emociones de alegría no caben en el cuerpo, de pronto se siente el terror al entender qué significa esta nueva realidad en nuestras vidas.


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